LITERATURA HISPANOAMERICANA DEL SIGLO XX

-Un panorama-

Autor: Lic. Guillermo García

 

Introducción
Capítulo I Capítulo II Capítulo III Capítulo IV Capítulo V Capítulo VI Capítulo VII Capítulo VIII
Capítulo IX Capítulo X Capítulo XI Capítulo XII Capítulo XIII Capítulo XIV Capítulo XV Capítulo XVI
Capítulo XVII Capítulo XVIII Capítulo IXX Capítulo XX Capítulo XXI Capítulo XXII Capítulo XXIII Epílogo
Nota Bibliográfica

 

Introducción

 

¿POR DÓNDE COMENZAR?

 

La dilatada extensión temporal y espacial inherente al complejo cultural denominado literatura hispanoamericana, como así también la diversidad de manifestaciones que tal extensión presupone, obligan a concebirlo a manera de un amplísimo sistema en cuyo interior nacen, se desarrollan, interactúan y se transforman series literarias heterogéneas.

Por lo tanto, cualquier pretensión totalizadora deberá ser aventada desde el inicio mismo a causa de la intrínseca inabarcabilidad del fenómeno que nos ocupa.

No obstante, y a manera de punto de partida, sí pueden ser planteados dos interrogantes de base:

 

1) ¿A partir de qué momento puede hablarse de una literatura hispanoamericana? O, en otras palabras: ¿En qué punto de la historia puede ubicarse su inicio?

 

2) Si, según se adelantó, resultaba erróneo postular la existencia de una literatura única y medianamente uniforme para todo el continente de habla hispana, ¿qué variables culturales -sean geográficas, sociales, políticas, raciales o históricas- determinarán la conformación de las distintas series particulares dentro del sistema general?

 

La resolución de la primera pregunta no deja de presentar algunos inconvenientes: los estudiosos de la materia -como suele ocurrir- no terminan de ponerse de acuerdo acerca de una fecha precisa en la cual consignar el nacimiento de esta literatura. De este modo...

 

* Hay quienes consideran que las manifestaciones literarias de las grandes civilizaciones precolombinas constituyen el punto de partida. Esta postura tiene sus problemas: primero, que es sumamente escaso el material conservado (los conquistadores se ocuparon con entusiasmo de que así fuera); segundo, que aunque hoy se ‘lean’ esas manifestaciones como literatura, sería por lo menos arriesgado postular la existencia de una ‘función literaria’ entendida a la manera moderna en culturas de innegable corte tradicional; tercero, que desde la perspectiva idiomática quedan rigurosamente excluidas del campo de la literatura hispanoamericana todas las obras que no hayan sido escritas en castellano. A pesar de todo esto, no resultará para nada descabellado, en cambio, rastrear las huellas de aquellas culturas en producciones literarias posteriores escritas en lengua española: cuentos como “Huitzilopoxtli”, de Rubén Darío; “Chac Mool”, de Carlos Fuentes; “La noche boca arriba”, de Julio Cortázar; amplios sectores de la poesía de Pablo Neruda o de la narrativa de Miguel Ángel Asturias y José María Arguedas, por poner sólo algunos ejemplos aislados, resultarían impensables de no ser vinculados con aquellas enigmáticas culturas.

 

* Otros prefieren situar el inicio con la llegada de los españoles a estas tierras. Tenemos entonces una fecha de nacimiento precisa: 12 de octubre de 1492. Y un nombre para el primer escritor: Cristóbal Colón. Esta segunda perspectiva, además, posee singular importancia por motivos estrictamente literarios. De adoptarla, se le confiere a la crónica el envidiable lugar de género discursivo fundacional de la literatura hispanoamericana. Dicho género, de origen medieval y plenamente anacrónico ya en tiempos de la conquista, cobra inauditas significaciones al entrar en contacto con el paisaje americano y representará una impronta imborrable sobre la literatura posterior. Por poner sólo un ejemplo, una noción como la de lo real maravilloso desarrollada en el siglo XX por el escritor cubano Alejo Carpentier, resultaría impensable -al igual que la casi totalidad de su propia obra- de no haber existido las Crónicas de Indias.

 

* Un tercer grupo propone un lento proceso de formación literaria a lo largo de un período bastante extenso de por lo menos ciento cincuenta años (todo el siglo XVII y hasta pasada la mitad del XVIII), denominado etapa de transculturación. Históricamente coincide con la época de la colonia; artísticamente, en cambio, se caracteriza por una asimilación más o menos directa de los modelos europeos. Sin embargo, hubo personalidades que los superaron ampliamente. Tal el caso de Sor Juana Inés de la Cruz (México, 1648-1695). De filiación culteranista, aunque poseedores de un espesor marcadamente intelectual, sus elaboradísimos poemas constituyen la cima del barroco literario en América. Es elocuente al respecto Primero sueño, extensa composición donde se relata el viaje ascendente de la conciencia del yo poético a través de las esferas del mundo. Si a primera vista el modelo cosmológico descripto parece surgido de formas de pensamiento tradicional, la preocupación de Sor Juana por el funcionamiento de los mecanismos cognoscitivos ya es plenamente moderna.

 

* En cuarto lugar, no faltan quienes contextualizan el surgimiento de la literatura hispanoamericana en el marco del proceso de emancipación política de España que, de manera aproximada, se extendió a lo largo de los cuarenta años que median entre 1790 y 1830 y que habría de determinar el surgimiento de los distintos estados sudamericanos. Si bien en muchos de los casos los exponentes más relevantes del período cumplían una innegable función apelativa, esto es, que no disimulaban su carácter de instrumentos de manipulación ideológica, no obstante seguían reflejando, en el plano formal, la dependencia hacia los modelos artísticos europeos -en su caso, provenientes de la estética neoclásica-. Si se descuentan las manifestaciones de sesgo popular como aquellas que, en el área del Río de la Plata, darían origen a la literatura gauchesca, todavía habrá que aguardar un poco para hallar registros auténticamente americanos. De todos modos, no se puede dejar de mencionar aquí al narrador y periodista José Joaquín Fernández de Lizardi (México, 1776-1827), autor de El periquillo sarniento (1816) y Don Catrín de la Fachenda (1819), sendas novelas que acometieron una interesante renovación de los códigos de la picaresca tradicional.

 

* Quizá sea durante el período posterior, el de la afirmación de las nacionalidades y culturalmente atravesado por la influencia de la estética romántica, cuando comienzan a surgir nombres de indiscutible estatura continental: Andrés Bello (Venezuela, 1781-1865), José María Heredia (Cuba, 1803-1839), Esteban Echeverría (Argentina, 1805-1851), Juan Bautista Alberdi (Argentina, 1810-1884) y Domingo Faustino Sarmiento (Argentina, 1811-1888), quienes, a través de la reflexión lingüística y gramatical, la poesía o la especulación sociopolítica, se impusieron la compleja realidad americana como motivo central de su labor intelectual. Una generación después continuarán apareciendo nombres de nota: Alberto Blest Gana (Chile, 1830-1894), Juan León Mera, Ricardo Palma (Perú, 1833-1919), Ignacio Altamirano (México, 1834-1893) y Jorge Isaacs (Colombia, 1837-1895), por citar apenas a algunos narradores sobresalientes.

 

* Pero no cabe duda de que es con los primeros atisbos modernistas -y, si de arriesgar fechas se trata, digamos: 1882, año de publicación de Ismaelillo, de José Martí- que la literatura hispanoamericana arriba a un estadio de plenitud madura hasta entonces inusitado.

 

Acaso por vez primera en Latinoamérica la escritura vuelve su mirada hacia las posibilidades artísticas de su propia materia constitutiva: la lengua.

 

 

En lo referido a la segunda cuestión -aquella que preguntaba por las distintas series literarias interactuando dentro del sistema-, señalemos que, sobre la base de la conjunción de determinadas coordenadas culturales -sean históricas, raciales, políticas, geográficas, artísticas, etc.-, puede acometerse la división del vasto territorio latinoamericano en áreas donde las manifestaciones literarias dominantes del siglo XX se hallarían sujetas a formas expresivas y contenidos temáticos más o menos constantes. Así, podrán distinguirse según los casos:

 

* Área mesoamericana-caribeña. Claramente signada por la insularidad geográfica, se percibe en ella una tendencia a las formas de expresividad barrocas. La presencia del negro es otra marca de peso.

 

* Área México. Tensionada por la impronta indígena y el hecho sociohistórico contundente que representó el proceso revolucionario iniciado en 1910.

 

* Área andina. Se manifiesta plena de contradicciones operadas entre la realidad urbana costera y la presencia del indio relegada a las montañas y asociada a todo tipo de abusos e injusticias.

 

* Área de la selva. De extensión a veces discontinua, cruza longitudinalmente el cono sur desde el Orinoco hasta el norte argentino. Su gravitación en las letras americanas se remonta a las Crónicas de Indias y alcanza su punto culminante con los grandes narradores de la tierra de la década de 1920.

 

* Área rioplatense. Territorio huérfano de culturas precolombinas desarrolladas, de marcos paisajísticos imponentes, cuyas primeras manifestaciones literarias de cierta importancia fueron tardías en comparación con otras partes del continente y socialmente conformado a partir del aluvión inmigratorio iniciado a finales del siglo XIX, no será de extrañar que su literatura, de sesgo reflexivo, reitere la temática de la identidad.

 

* Área patagónica. Su incorporación al complejo cultural latinoamericano fue tardía (fines del siglo XIX) y su literatura, a pesar de lo disímil y aun opuesto de los escenarios, no deja de guardar puntos de contacto con la del área de la selva en lo que respecta a la relevancia que ambiente y tipos humanos adquieren en ella.

 

Como sea, estas divisiones no pretenden imponerse a manera de esquemas rígidos ni mucho menos: apenas intentan funcionar como vías de acceso que faciliten la comprensión global de un sistema de por si heterogéneo, multiforme y, en no pocos casos, contradictorio. 

 

 

Capítulo I

 

EL CLUB DE LOS POETAS VIVOS:

Amanecer modernista

 

El período formativo del modernismo resulta bastante difícil de ceñir a causa de las diversas tendencias que en él se dan cita y conviven. ‘Anunciadores’ como Justo Sierra (México, 1848-1912) o precursores como Salvador Díaz Mirón (México, 1853-1928), coexisten junto a otros nombres que, aun sin mostrar filiaciones modernistas de ninguna clase, intentaron, cada uno a su manera, una suerte de renovación poética dentro de su generación: Manuel González Prada (Perú, 1848-1918), Juan Zorrilla de San Martín (Uruguay, 1855-1931) y Pedro Bonifacio Palacios [Almafuerte] (Argentina, 1854-1917).

De todos modos, y a los fines de una exposición lo más clara posible, aquella que podríamos rotular como primera generación modernista quedaría perfectamente delineada en los siguientes cuatro nombres que, por el peso artístico de su obra, exceden las fronteras de sus respectivas nacionalidades.

Poeta, ensayista, cronista y orador, es José Martí (Cuba, 1853-1895), según palabras de Enrique Anderson Imbert, “uno de los lujos que la lengua española puede ofrecer a un público universal”. Aunque muy influido por las corrientes del esteticismo francés, Martí siempre luchó por frenar su torrencial impulso artístico en favor de una marcada inclinación moralizante. Para él las letras eran un instrumento de lucha y en ellas valoraba sobre todo sus virtudes prácticas: ennoblecer los sentimientos del hombre, mejorar la sociedad, celebrar a la patria. Estas tendencias contrapuestas señalan en su obra dos áreas bien diferenciadas: la esteticista y la moral.

Como poeta, Martí se sirvió de esquemas métricos en apariencia populares para cantar temas de la infancia o a la figura del hijo ausente, pero sus rimas suelen ser inesperadas; su sintaxis, compleja y sus imágenes, de una honda sensibilidad.

 

 

 “Amo la sencillez, y creo en la necesidad de poner el sentimiento en formas llanas y sencillas”.

José Martí

 

Ismaelillo (1882) y Versos sencillos (1891) constituyen sus poemarios más relevantes. Murió luchando por la independencia de su país.

 

 

CULTIVO UNA ROSA BLANCA

 

Cultivo una rosa blanca,

en julio como en enero,

para el amigo sincero

que me da su mano franca.

 

Y para el cruel que me arranca

el corazón con que vivo,

cardo ni ortiga cultivo:

cultivo una rosa blanca.

 

 

Como poeta, y al igual que Martí, Manuel Gutiérrez Nájera (México, 1859-1895) no fue un innovador en lo que a la métrica respecta; no obstante sus versos octosílabos o endecasílabos encierran imágenes poéticas de sesgo indiscutiblemente inédito. Elegancia, gracia, refinamiento, son atributos que le cuadran a la perfección. De ahí que en su poesía se suela imponer la preocupación por la forma de plasmar las imágenes a los sentimientos que las suscitan.

 

 

LA ABUELITA

 

Tres años hace murió Abuelita;

cuando la fueron a sepultar,

deudos y amigos en honda cuita

se congregaron para llorar.

Cuando la negra caja cerraron,

curioso y grave me aproximé,

y al verme cerca me regañaron

porque sin llanto la contemplé.

Dolor vehemente rápido pasa;

tres años hace que muerta está,

lloviendo penas, y nadie, en casa,

de mi abuelita se acuerda ya.

Yo sólo tengo luto y tristeza,

y su recuerdo fuerza cobró,

como del árbol en la corteza

se ahonda el nombre que se escribió.

 

 

A pesar de la brevedad de su existencia, puede trazarse un arco en la producción de Julián del Casal (Cuba, 1863-1893) que va de un romanticismo tardío e introspectivo (influenciado por los españoles Zorrilla, Bécquer y Campoamor) a un modernismo cada vez más acentuado de vocabulario aristocrático, preocupación por la forma perfecta en el marco de una renovación métrica y predilección por un tipo de poema descriptivo-pictórico pleno de cromatismos; para recalar en un estadio final de perfil sombrío, personal e innovador: Verlaine y Baudelaire serán entonces sus guías. Inclinación por la cultura helénica, los ‘orientalismos’ y demás exotismos, permanente búsqueda de refinamientos formales y libertad en el manejo del verso, son rasgos que se profundizan junto con su pesimismo. Pobre, tímido y enfermo, Julián del Casal fue indiferente al exhuberante paisaje de su isla. Su constitutiva tristeza y natural disgusto por la vida lo hicieron ahondar cada vez más en la perspectiva de su propia muerte.

Según Enrique Anderson Imbert, José Asunción Silva (Colombia, 1865-1896) es “de todos los poetas colombianos del siglo XIX, el único que habla a la sensibilidad poética de hoy”. Su lirismo melancólico apunta al subjetivo misterio de la interioridad. Además, ese recurrente tono elegíaco se muestra apto para encauzar una temática que, en sus mejores poesías, ronda el paso inexorable del tiempo, el desgaste de las cosas por obra del olvido, los sutiles enigmas de la noche, la evocación de los bienes perdidos        -comenzando por la infancia-, etc. Sin embargo, más relevante que este sugestivo y tierno pesimismo pleno todavía de resonancias románticas, será su aporte a la renovación de las formas: la dislocación de ritmos y la tendencia a la no sujeción a esquemas métricos rigurosos convierten a la poesía de Silva en un hito imposible de ignorar en el camino hacia el verso libre.

 

 

Una noche,

una noche toda llena de murmullos, de perfumes y de música de alas,

una noche

en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,

a mi lado lentamente,

contra mí ceñida toda, muda y pálida,

como si un presentimiento de amarguras infinitas

hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara,

por la senda florecida que atraviesa la llanura

caminabas; [...]

¡Oh las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas!

¡Oh las sombras que se buscan en las noches de tristezas y de lágrimas!

 

[Tercer Nocturno, frag.]